La final se realizó en el Estadio Centenario el 30 de julio. Las puertas del estadio se abrieron a las 8:00 horas, seis horas antes del inicio del partido, y ya al mediodía estaba lleno. La asistencia oficial registró 93.000 espectadores.[46] Debido a la tensa situación causada por los hinchas argentinos, el colegiado belga John Langenus exigió precauciones policiales excepcionales. Se estima que entre 10.000 y 15.000 argentinos hicieron el viaje hasta Montevideo. Cada equipo quería jugar con su propio balón por lo que el árbitro lo resolvió lanzando una moneda al aire. La final se jugó con el balón argentino, pero también hay fuentes que aseguran que la primera mitad se jugó con la pelota argentina y la segunda con la uruguaya.

El árbitro fue el belga John Langenus, que aceptó pocas horas antes el encargo y con la condición de disponer de un barco en el puerto una hora antes del pitido final, en caso de problemas de seguridad. Uruguay hizo un cambio en su alineación con respecto a la de semifinales, Castro substituyó a Anselmo, que estaba enfermo. El partido acabó con 4-2 a favor de Uruguay (que iba perdiendo 2-1 al acabar el primer tiempo) y se adjudicaron el título de campeones del mundo. El día posterior a la final fue declarado fiesta nacional en Uruguay; en Buenos Aires, por el otro lado, la policía tuvo que disparar a una muchedumbre furiosa que intentaba asaltar la embajada uruguaya.

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